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La novela en Murcia a principios del XX, por Santiago Delgado

José Frutos Baeza
José López Almagro
José Ballester

Durante el primer tercio del siglo XX aparece en la Región de Murcia, lo que pudiéramos conocer con el apelativo de balbuceo, o primeros vagidos, de lo que más tarde, sobre todo en el último cuarto de siglo, o acaso tercio, será gran eclosión, en calidad y cantidad, de la narrativa de autor murciano.
En todos los casos, los narradores murcianos siguen pautas y normas españolas, como no podía ser de otra manera; la Literatura en la Región de Murcia es parte integrante del verdadero ámbito de análisis, que no es otro que el español. De él extraen las perspectivas, los enfoques y hasta los rasgos estilísticos que los adornan. Y hacia él se vuelcan, en última instancia, para ubicarse como autores nacionales.
Apenas una decena de nombres propios nos ha quedado, y de ella, hemos querido seleccionar tres. Hemos optado por la cata profunda y selectiva, en lugar de por la panorámica abierta y meramente nominalista de autores y de obras. No obstante, al final del trabajo, indicaremos, a modo de reseña, algunas notas al respecto.
Las tres obras que comentaremos son: El Ciudadano Fortún, de José Frutos Baeza (1909), Colasín, de José López Almagro (1921) y Otoño en la Ciudad, de Don José Ballester (1936). Así, a bote pronto y pecando acaso de generalidad, pero ganando claridad de exposición, podemos decir que la primera, El Ciudadano Fortún , se halla orientada, en tema y tratamiento, hacia la impronta de Galdós, el novelista de los Episodios Nacionales, a quien todavía quedaban diez largos años de vida y producción. Este aspecto galdosiano de la novela de Frutos ha sido analizada fundamentalmente por María Josefa Díez de Revenga, y su última edición, en la Real Academia Alfonso X el Sabio, ha sido prologada por María de la Concepción Ruiz Abellán. La segunda, Colasín, no es sino una muy libre, y conseguida, adaptación del realismo crítico barojiano a la Huerta de Murcia del momento. Fue reeditada en 1990 por Jesús Jareño, en la Universidad de Murcia. La tercera, "Otoño en la Ciudad", supone la iluminación azoriniana, también mironiana, sobre la ciudad de Murcia como tema. Además la primera edición de 1921, en 1993, fue de nuevo impresa por el Museo Ramón Gaya de Murcia.
Así pues, Galdós, Baroja y Azorín junto con Miró, son las claves fundamentales que nos explican estas tres novelas. Pero, ojo, dichas claves fundamentales no explican el todo completo de las tres novelas. No son miméticas respecto de sus modelos. A modo de complemento, todas ellas aportan la suficiente sustancia de originalidad para que consideremos al modelo de partida, no como responsable absoluto de su valía novelesca, sino tan sólo -aunque nada menos- fértil abono para el florecimiento narrativo en nuestra Región.
Con todo, quizá sea "El Ciudadano Fortún", de 1909, la que más tiene en cuenta a su modelo correspondiente. En efecto, esta novela, susbtitulada "Memorias de la época de los mal llamados tres años y sus alrededores", y ambientada en la España constitucionalista de entre 1820 y 1823, toma como inequívoco modelo al Galdós de los Episodios Nacionales; y ello desde la fundamental clave de la dualidad de enfoque entre lo personal y lo colectivo, lo individual y lo histórico, para pergeñar la novela. Ahora bien, dicho esto, inmediatamente, para ser honestos, hay que apuntar que la lección galdosiana no es certeramente aprendida por el periodista y poeta murciano. Sucede que, acaso, en "El Ciudadano Fortún" se hallen demasiado separados ambos planos. O, en todo caso, más separados que en Galdós. Ello lo apreciamos, por ejemplo, en la clara estructura temática -seguramente constituyente del planteo inicial de Frutos Baeza- que adopta la novela. Sus 54 capítulos -todos titulados con una ironía y perspectiva histórica que parecen sacados de apuntes privados de Galdós- podemos agruparlos en tres partes, aproximadamente iguales en extensión.
Por la primera de ellas, asistimos, en clave ciertamente narrativa, a la Intrahistoria de la Murcia de 1819. El tiempo narrativo es bueno, y la cotidianidad bajoburguesa del barrio de San Nicolás se encuentra bien expuesta. Destaca ante todo, el tipo de narrador escogido. Un narrador galdosiano, cómo no; omnisciente, claro, pero sobre todo, explícito, muy explícito; amparador del lector, al que habla desde un plural de modestia. Igualmente, Frutos Baeza ofrece un homenaje a Cervantes, al tender un puente entre él, el novelista y el narrador. Este puente no es otro que Paco Montoya, un vejete que pasea al sol del otoño madrileño, y que por azares del destino, le confía al autor los papeles de sus memorias. No olvidemos que la novela se autotitula "Memorias...". De esa manera, desde las primeras páginas, perdemos al novelista, y ganamos al narrador, que hereda de aquél su vocación amparadora -hoy un tanto empalagosa- del lector.
Comienza Montoya por relatar la vida murciana, en unos tiempos en los que él, huérfano de madre, contempla la cotidianidad en el patio de vecinos de su casa, sita a la espalda de la iglesia de San Nicolás. Allí habita un zapatero: el ciudadano Fortún, Lorenzo Fortún, hombre dicharachero y animador de la concurrencia con sus chascarrillos y guitarreos. Asistimos, en la mejor conjunción Historia-personas, a la reacción ciudadana frente al interdicto contra las representaciones, propio del Régimen absolutista del Deseado. Fortún improvisa un teatrillo en su casa, donde es invitado a representar Requejo, el cómico murciano del tiempo. Un inoportuno aguacero interrumpe la función, y Fortún termina su cuadro de costumbres, para pasar a hablar de conspiraciones, sobre todo de la que afecta al padre del narrador y co-protagonista. Frutos Baeza nos pinta una Murcia cuyas noches se debaten entre "la partida de la porra", realistas absolutistas, y "la partida de la capa", liberales. En una de dichas refriegas nocturnas muere, presuntamente a manos del fraile Pepón, el padre del narrador, a la sazón, militante constitucionalista.
Pero antes, ha hecho acto de aparición el personaje femenino principal de la novela, la Marquesita Celi, personaje al que nuestro novelista no hace excesivamente simpático a los ojos del lector. Este personaje mantendrá un secreto durante toda la novela, y nunca aparecerá en primer plano, enfocado desde una perspectiva interior. Se trata de una mujer -o muchacha- cubana, con pasado oscuro y presente vago, que recuerda -en esas dos dimensiones temporales- al Don Álvaro de "La Fuerza del Sino", del Duque de Rivas. Acompañada de una esclava negra, acoge en su casa de Cotillas, tanto a los conspiradores liberales -en una mímesis imposible de Mariana Pineda-, como al pobre huérfano Montoya, en realidad, tan sólo algunos años menor que ella misma. En realidad, Celi es un personaje secundario al que se le niega -expresamente- el papel preponderante en la acción que, de seguro, más de un lector habrá exigido. Podría argumentarse, con esa perspectiva y con otras similares, cierto matiz de misoginia en la novela. Al fracaso de Celi como personaje atrayente, hay que adjuntar el feo retrato, incluso desagradable, de la mujer de Montoya, Pascuala; de la que se llega a hacer hasta caricatura. La tercera mujer es Ángela, el ama del señor Montoya, padre; abnegada mujer que vive en función de ser necesitada de los demás; función que, al parecer, se presenta como única credencial válida para ser mujer en la novela. De la esclava de Celi, la negra Gracia, sólo cabe predicar su condición, nunca contestada, de esclava.
Hablábamos de tres partes en estas Memorias, y son las siguientes: Albores de la Revolución, La Revolución y la Contrarrevolución. Ya dijimos que podemos equiparar en extensión a las tres; si bien, concediendo un plus de páginas a la de en medio, la que nos relata los avatares del efímero régimen constitucionalista en Murcia, o trienio liberal. El talante del novelista cambia de una a otra. Habría que introducir el término literario "relato", y fijarlo adecuadamente, para referirse con propiedad a las maneras narrativas de las tres partes. Entenderíamos por "relato", en estas circunstancias, algo así como contar el argumento, en vez de desarrollarlo, trasladar los sucesos, de manera más o menos global, al lector, sin secuenciar un tempo verdaderamente narrativo, con diálogos clave, descripciones fehacientes y articulación de intereses de los personajes, tal y como haría la novela. El relato carecería de todos esos ingrediente narrativos. Bien, esta manera de novelar, el relato, es lo que Frutos Baeza hace en el ancho tranco central de la novela. Sin duda alguna, ocurre que el novelista se ve atropellado en esta ocasión por el investigador histórico que lleva dentro. Él es su propio enemigo. Frutos Baeza es autor de un libro titulado "Bosquejo histórico de Murcia y su concejo", hilado a través de la paciente lectura de las Actas Capitulares del Ayuntamiento de la capital de nuestra Región, desde los tiempos medievales. El cúmulo de nombres propios, constituyentes de juntas municipales que Frutos Baeza introduce en su novela -desacertadamente- no otra procedencia tiene, así como la enumeración de asonadas y pronunciamientos, de poco o nulo valor novelístico. No obstante, el novelista sí logra extraer algún fruto narrativo a su investigación. También al modo galdosiano, el escritor murciano sabe señalar personajes secundarios de la Historia, e introducirlos en su novela. Es el caso del ya citado fraile Pepón, personaje recurrente en las páginas de la novela, y el ciudadano Stárico, quien según la correspondiente Acta Capitular, obligó al Concejo a jurar la Constitución de 1812, un día antes de que el propio Fernando VII la jurara. Frutos Baeza nos sitúa a Lorenzo Fortún, entonces todavía Fortunilla, como quien abre paso a Stárico hasta la sala del Consistorio.
En este momento, hay que esclarecer el título de la novela. La palabra ciudadano tiene claras vinculaciones políticas. Para entenderlas, hay que contraponerla a súbdito. Lorenzo Fortún, tras de su heroica acción junto con Stárico, se convierte en entusiasta liberal y constitucionalista, activo por demás. Abandona mujer, taller y personalidad, y se convierte en paladín revolucionario. Deja de ser Fortunilla, y se convierte en "El Ciudadano Fortún". Para Frutos Baeza, este cambio -sólo de fachada- es "desafortunado", dicho sea jugando con las palabras. A partir de esa conversión, la novela se pierde. Los protagonistas se difuminan, y las páginas de la narración sólo destilan nombres propios y aconteceres generales de la ciudad, de los que los personajes sólo son testigos o figurantes. Ahora, de noche, la partida de la capa impone su dura ley.
Pero antes, Frutos Baeza ha dejado la semilla del posterior desarrollo argumental. A la puerta de Fortunilla, aparece una mañana una preciosa niña recién nacida, destinada al infértil matrimonio del zapatero Fortún y su zafia esposa Pascuala. Su nombre: Inocencia. Mientras tanto, Celi, la Marquesita, ha vuelto a Cuba.
Con esto, llega la invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis, al mando del Duque de Angulema. Frutos Baeza retoma entonces la historia de las pasiones, abandonando la reseñada en las Actas capitulares. El narrador, el señor Montoya -aquel vejete de Madrid, que legó al novelista sus Memorias- ha crecido, y es un mocito veinteañero. Ha sido miliciano liberal, pero ha denostado los excesos de la partida de la capa. La niña Inocencia también ha crecido, Pascuala ha muerto, más por necesidades del guión que por otra cosa, en un manicomio -luego de ver a su liberal marido encerrado en prisión- y... Celi, la Marquesita, ha retornado de América. Y ha vuelto, hecha una reina de corazones, encendiendo en el joven corazón del narrador Montoya, un romántico amor platónico, lejano trasunto del del joven Werther, el personaje de Goethe. Un amor que se debate entre la realidad y el deseo. Pero también cuenta el ciudadano Fortún, felizmente viudo, tercero en discordia en estos amores. Su "liberalismo" le ha desclasado, y ha adquirido porte y personalidad, a fuer de gastar uniforme. Frutos Baeza nos lo presenta como preferido por el corazón de Celi. El novelista no lo dice expresamente, pero es claro su rechazo por esta elección de Celi. Fortún es un "parvenu" en la clase de gusto y educación; es un menestral que trabaja por sus manos. Celi, al elegirle, demuestra su desorientación social. Naturalmente, los celos del joven Montoya son terribles. Hay que reseñar que, a estas alturas, el joven observador Montoya ya es el protagonista Montoya.
Pero, dejemos los pormenores argumentales. Al final, los dos enamorados se baten en improvisado duelo en una venta de Totana, por causa, naturalmente, de la dama cubanita. Y ésta huye de nuevo a América, se supone que ya definitivamente. Pero, antes, ha dejado una misiva para el joven Montoya. Frutos Baeza, en una suerte de anagnórisis epistolar, nos revela que Inocencia es hija de la Marquesita y del asesinado padre del mismo protagonista. Él mismo y Fortún quedan, pues, abandonados; abandonados, pero amigos. Estamos ante un novelista bien-pensante y ortodoxo, que sólo se atreve a rozar lo heterodoxo; nunca a instalarse en dimensiones ni escabrosa ni socialmente proscritas. El ciudadano Fortún vuelve a ser el hábil zapatero de siempre, y el memorialista pasa a ser el vejete madrileño a quien el narrador encontrara inopinadamente.
Frutos Baeza, buen conocedor sin duda de Galdós, sabía del gusto del novelista canario por la simbología de los nombres de los personajes. Por eso, nos atrevemos a dar una explicación del nombre del personaje que da título a su novela; no nos atrevemos a señalarlo como protagonista. Lorenzo es el nombre del santo mártir quemado en la parrilla por sus verdugos. La parrilla, en la novela es la Revolución, la Constitución. El zapatero es llamado a un status que le quema, le quema la jovialidad, le quema la familia y le quema su relación vecinal de amigo de todos... pero su apellido, Fortún; es decir, "afortunado", le salva. Al final, tenemos otra vez al personaje sentado en su lugar de trabajo, como en su etapa anterior al clamor liberal. Sin duda alguna, Frutos Baeza ha pensado en el refrán "zapatero, a tus zapatos". Lo cual no deja de ser un mensaje ciertamente reaccionario. Además, esta sospecha se intensifica con la poca simpatía que el novelista hace sentir por la Marquesita, Araceli -otro homenaje galdosiano- de nombre. El paso de la cubanita, junto con su esclava negra, Gracia, por la Murcia de aquel tiempo, deja un poso de mujer casquivana, que enamora a todos, que subvierte las costumbres y que, al final, se va... Tal parece ser la idea de Frutos Baeza sobre el asunto de las libertades. Su descripción de la vuelta de los absolutistas al poder resulta mucho más convincente de lo que nos describe como ejercicio de la cosa pública, mientras los Torrijos, Romero Alpuente y demás constitucionalistas pululan por la Murcia de entre 1820 y 1823. Frutos Baeza prefiere el orden, sin duda; aunque sea a costa de la libertad. La Revolución viene a ser como la Marquesita: algo que viene de fuera, algo que encanta a muchos, que no se compromete con nadie, que desaparece si hay peligro, y que al final se esfuma definitivamente. El paralelismo es evidente. Frutos Baeza quiere hacer una novela para los murcianos de su tiempo, para los murcianos de la Restauración -con Alfonso XIII coronado casi recientemente-, que ansían las plumbeas cimas del áurea mediocritas provinciana, antes que cualquier otro tipo de aventuras, como paradigma de su vivir.
Así pues, podemos afirmar -según la lectura que hemos ofrecido- que Frutos Baeza ha aprovechado su conocimiento de la Historia de 90 años atrás, y su admiración por Galdós, para dejarnos una visión ligeramente negativa de la libertad como valor político. Para el autor, la novela debe remansar el afán social por cambiar la cosa pública. No se atreve a plantear, siquiera en términos románticos, el esquema de su argumento. Su realismo es acomodaticio; no se plantea criticar sino a los críticos con el sistema.
En cuanto a la segunda de las novelas que nos ocupan, Colasín (1921), de José López Almagro, ya hemos indicado el carácter barojiano de su concepción. Junto a él, un sentimiento naturalista de la realidad, ahormada en un conocimiento no ya estudiado, sino vivido desde dentro, de la Huerta de Murcia, nos conforma una novela fuertemente testimonial y crítica. Pero, ojo; no estamos ante una novela social. López Almagro, imbuido de la filosofía regeneracionista, y meritorio autodidacta, no da en las claves del materialismo dialéctico para esclarecer en su diagnóstico sobre los males de la Huerta de principio de siglo. Como buen regeneracionista cree en la redención personal por la cultura y la educación, en la redención del buen salvaje que todos llevamos dentro. Algo parecido se destiló desde la Institución Libre de Enseñanza. Debido a esa carencia de planteamiento, la novela no traspasa los límites de su tiempo; aunque, y no es poco mérito, sí los alcanza plenamente y nos sacia por completo el ansia de conocer la realidad que nos testimonia, que no es otra que la de la Huerta de Murcia de la primera década del siglo que ahora acaba.
Sin duda, uno de los motores de la novela es la pretensión de mostrar una alternativa de verismo a la meliflua realidad huertana mostrada por el Costumbrismo, entonces trufado de Modernismo, de los Jara Carrillo o Sánchez Madrigal. En cierto modo, es un proceso genésico paralelo al que, alguna década atrás, había experimentado Vicente Medina al decidir crear en la verdadera lengua vernácula murciana, tras contemplar, estupefacto, en Cartagena donde vivía, una obra de Codina y Feliu sobre el mundo de la huerta. López Almagro, pertechado con las armas de la realidad naturalista y de la valoración crítica -las mismas que la Generación del 98- acude a contarnos la infancia de una niño huertano, Colasín, desde su mismo nacimiento hasta la muerte de su madre, siete años después. Desde el naturalismo del parto hasta el óbito de la añosa madre, López Almagro nos describe un cuadro intermitente de la Huerta, no como un lugar de edénicos efluvios sensoriales (o no sólo de eso), sino más bien como un lugar de incuria, miseria humana, falta de educación higiénica, incultura y brutalidad. Si bien, perspectivado no con intereses denigratorios, sino, todo lo contrario, con intención de diagnóstico previo a la terapia. Tal cual hicieron los del 98. Tampoco es, en modo alguno, una novela pesimista y desagradable. En todos y cada uno de los renglones de la novela se nos muestra lo que pudiéramos denominar "el dolor de España" noventayochista; es decir, en nuestro caso si cupiera, el dolor de Murcia. Si Don Antonio Machado no pretende, ni nadie piensa que pretende, insultar ni vejar al campesino castellano en su obra "La tierra de Alvargonzález", donde toca el tema del parricidio rural por motivos de herencia; así tampoco López Almagro pretende arropar ningún oprobio sobre el huertano de la vega murciana. Frente a una realidad literaria, lírica, de origen urbano del Realismo y el Modernismo costumbrista, López Almagro nos da las verdaderas tres dimensiones de la Huerta. Y eso no quita para que podamos leer en "Colasín", páginas que hubieran hecho rechinar los dientes de envidia al mismísmo Jara Carrillo, acaso paradigma de cantor lírico de lo huertano. Ocurre en esa página en que el pequeño Colasín se escapa al huerto de tío Charrancha, y allí, embriagado de aromas, colores y sabores, se encarama a la baja rama de un naranjo, para mejor saborear el transporte sensorial que lo reclama. Ocurre también en la página donde nos describe, uno por uno, la multitud de cantares correspondientes a la innumerable serie de pajarillos que habitaba (¡ay!) la Huerta de Murcia; o, también, en sus asistencia a la pesca en el Segura, o la recogida de los que quedaban tras el paso del agua de riego en el barro. Son páginas en las que se combate al tópico de locus amoenus de la Huerta de Murcia con sus propias armas, saliendo ciertamente airoso del envite.
Pero, naturalmente, la carga de la novela no es ésa. La carga de la novela es la relación de los pesares y condicionamientos que lastran la vida en la huerta. Ya, al nacer, su venida a este mundo es lamentada tanto por su padre, como por su madre; entrados ambos en años. Para su padre es una boca más que alimentar. Su madre únicamente experimenta alivio por el buen fin del parto. Acto seguido, López Almagro comienza un serio alegato de dos páginas contra el chismorreo de las comadres huertanas presentes en el parto de Colasín, a las que denigra moralmente por su intromisión agresora en la vida privada de los demás. También el padre, propinador de un soberbio guantazo al niño, por causa de haberse peleado con el hijo del rico del lugar, nunca, salvo al final, nos muestra apego alguno por el recién llegado hijo. Igualmente, asistimos a malos tratos del tío Mohino -apodo del padre- a su mujer, por haberse gastado los "cuartos del rento", en trapos y abalorios para su hija, instigada por su hijo, al que nadie reprende. Es decir, estamos ante un núcleo familiar sometido a la tiranía del padre. El ambiente vecinal es gobernado por la envidia; una envidia que se proyecta en los juegos de los niños.
López Almagro, pedagogo de vocación, dedica unas impagables páginas a los juegos y canciones de los niños, dejando un testimonio único, con las letras y acciones lúdicas de acompañamiento que consitutían los juegos de los niños de hace 80 años. El autor, con plena conciencia de lo que hace, transcribe letras enteras, que nos dan idea cierta de lo que era el tiempo libre para la infancia de principios de siglo. Por cierto, muchas de esas letras son comunes a las de otras partes de España; otras no. López Almagro ya conocía el valor didáctico de lo lúdico, perspectiva que sólo logra expansión y predicamento en la España democrática de la Democracia post-franquista.
Pero si López Almagro era un adelantado en su faceta pedagógica, no lo era tanto, por desgracia, en su oficio narrativo. Al igual que Frutos Baeza en "El Ciudadano Fortún", se acoge a un narrador-amparador del lector, a un narrador-madre, que alude al lector y le indica, conativa y apelativamente, lo que debe entender, cómo lo debe entender y cómo debe, incluso, transmitirlo. Si bien, hay que hacer una distinción fundamental entre los dos novelsitas. Mientras en Frutos Baeza se trata de una mímesis galdosiana, en López Almagro estamos ante una extrapolación de su cuasi sagrada vocación de maestro. El autor siempre está enseñando, haciendo el guiño didáctico en su prosa. Para él, el lector no es sino un alumno, y al alumno hay que enseñarle, que educarle. Sobre todo destaca esta faceta en el episodio escolar de la novela. López Almagro nos presenta a un maestro, Don Lermes, digno émulo del Dómine Cabra del Buscón: autoritario, y anquilosado en métodos pedagógicos que nunca lo fueron, preocupado únicamente por mantener el orden y por segar todo indicio de creatividad al alumno. En estas páginas contemplamos al López Almagro vanguardista en pedagogía, lamentando el nivel escolar de su tiempo.
Y, junto a la brutalidad del tío Mohíno, padre de Colasín, y al anquilosamiento escolar, López Almagro nos relata la superstición ambiente en la Huerta. Las brujas que quitan el aliacán, las que restauran virgos, las que quebrantan amores, las que embaucan a todos, únicamente para poder sobrevivir; las hijas de La Celestina, que aún perviven en un tiempo anclado en el ayer, al que no ha llegado ni la instrucción ni el progreso. Ocurre, esta aparición de la bruja, con motivo de la pérdida del novio -el rico del pueblo- por parte de la hermana mayor de Colasín. El niño acompaña a Rosa, sus hermana, a la casa de la bruja. Los ridículos remedios de ésta no consiguen, naturalmente, su objetivo.
En resumen, la novela de López Almagro denuncia la existencia de una huerta rica, poblada de huertanos pobres, incultos y con déficit cierto de civilización; situación para la que no señala ni factores causantes, ni soluciones válidas; todo en una genuína perspectiva noventayochista. Ni la Religión, ni el sistema social, ni el arbitrismo estatal... son señaladas como causas posibles del desastre que tan fidedignamente se describe; el afán del autor es, nada más pero nada menos, retratar crìticamente, pero no solucionar, ni indagar causas. No obstante, sí se señala una cierta redención individual. La apreciamos en la frase final, en boca de Colasín:
"-¡Yo romperé la costra!"
Se refiere el rapaz a lo que, unas páginas atrás, ha escuchado en boca de su padre, al saberse la irreversibilidad de la postración de su madre. Es la única vez que el padre sale humanizado, en situación de confidencia con su hijo.
"-¿No crees tú, Colasín, que pesa sobre nosotros una costra así, que sólo deja salir la junza de nuestras acciones?"
Únicamente resta agradecer al celo de Jesús Jareño, la publicación, en 1990, de esta novela, acompañada de un vocabulario del habla murciana, espigado entre la mejor bibliografía del léxico de esta tierra. Porque, acabemos con ello, cuando el autor deja oír la voz de los personajes, éstos hablan con el muy rico y nada sofisticado, ni mucho menos ridículo, lenguaje del habla murciana auténtica; algo muy alejado del impostado panocho, que, en ámbitos poco avisados, suele confundirse con el rasgo lingüístico identificatorio de nuestra tierra.
Cabría argumentar, para iniciar el estudio de "Otoño en la Ciudad", novela de 1936, mes de mayo y día de las cruces, según reza el mismo libro en su última página, su alternativa, respecto de los dos anteriores, en cuanto a naturaleza novelística. Dicha alternativa supone, ante todo, la dimensión lírica, en fondo y forma, de su ser narrativo. "Otoño en la Ciudad" supone la asunción de un lenguaje bello, preciso, aquilatado. Estamos ante un orfebre de la prosa. Frente al estilo aseado, al servicio de la narración o de la crítica de las otras dos novelas de nuestro estudio, "Otoño en la Ciudad" presenta un canon de belleza instalado en un ámbito de estilo ya contrastado en los días en que la novela se hallaba en su gestación: un estilo basado en la expresividad sensorial, el léxico preciso, incluso arcaizante, y un cierto nivel de introspección personal de los personajes. Incluso, el principio de los dos último capítulos se halla escrito en primera persona, lo cual disuena un tanto del narrador omnisciente empleado hasta ese momento. Acaso sea un exponente claro de identificación entre escritor y protagonista. Por todo ello, en nuestra opinión, es la mejor novela de las tres. Ojo, la mejor, no la más interesante; ni la más humana.
Ni que decir se tiene que, con los ingredientes narrativos expuestos, los modelos de prosa de Ballester son Azorín y Miró. Pero no sólo lo son en el aspecto lingüístico, también lo son desde la perspectiva de la intención creadora que anima a la novela. Tal intención no es otra que la finalidad de conocimiento que alienta en la narración desde su principio. En efecto, el protagonista, José María, anda subyugado, a lo largo de toda la narración, por descubrir lo que pudiéramos llamar el "nous" de al ciudad en que vive, la ciudad de Murcia, su alma. Observemos que el autor tituló uno de sus libros, "Murcia, alma y cuerpo de una ciudad", donde con espíritu analítico repasa calles, monumentos e Historia de Murcia. Especial obsesión del protagonista, y de sus allegados, es la de fundar un "Centro de Estudios Murcianos", cosa que al final no se logra, en la novela; en la vida de Don José Ballester, si: fue la hoy Real Academia de Alfonso X el Sabio. Precisamente, buen tramo de la novela se invierte en narrar las gestiones, visitas, para lograr dicho objetivo. Esta perspectiva de novela como conocimiento incluye la obra, con todos los honores, plenamente dentro del siglo XX; y ello, mientras que la Historia de Frutos y la Crítica de Almagro, decimononizan a sus respectivas novelas. El siglo XX, creemos, se caracteriza por incoporar cierta suerte de conocimiento intuitivo al quehacer literario. Jorge Guillén, Hermann Broch son paradigmas de esta tendencia, en la poesía y en la novela respectivamente. Debido a ello, a su apuesta por instalarse en esa suerte de conocimiento lírico, por medio de la narración, la novela que nos ocupa pertenece por entero a la Literatura del siglo XX. Según esto, convenimos que, tanto el modelo de novela histórica de Frutos Baeza, como el naturalismo crítico de López Almagro son, todo lo más, novelas del cambio de siglo verdadero, cambio que por estas latitudes, no coincide con el cronológico.
El hilo argumental que Ballester nos propone se construye alrededor de lo que pudiéramos llamar "educación sentimental" del joven José María, al igual que Colasín, sin apellido mencionado. Esa educación sentimental oscila entre su ansia por cercar los límites cognitivos de la ciudad en que vive, y su atracción por Florentina, murciana a medias, o murciana universal, hija de un diplomático de carrera, a la que no logra fijar en el estrecho límite de su horizonte provinciano.
Durante largo tranco de la novela, el autor se trasvasa al personaje; sobre todo lo hace en su búsqueda de las esencias sensoriales del paisaje que rodea a Murcia.
También, al igual que en las anteriores ocasiones, se nos ocurre apuntar una simbología para el nombre escogido por Ballester. José María hace alusión a la pareja que los Evangelios señalan como familia paterna del Redentor. Parece como si de este José María hubiera de nacer la redención para Murcia, el acceso a una etapa de autoconocimiento verdadero de la ciudad, el comienzo de su andadura definitiva como entidad adulta. Pero no puede ser. José María ve naufragar su proyecto de Centro de Estudios Murcianos y su amiga Florentina muere de fiebres tropicales fuera, más bien lejos, de su tierra murciana. En este sentido, estamos ante una novela pesimista. José María va cosechando encontronazos personales, e intelectuales, a lo largo de toda la novela; desde el escepticismo intelectual, menospreciador de Murcia y lo murciano, de Luis, su amigo incial, hasta la avarienta postura del usurero que vive miserablemente y que se niega a ayudar a la creación del proyecto, pasando por la miserabilidad humana de los mindangos o desocupados señoritos vagos, por no hablar del borracho (lúcido o no lúcido) que le previene contra la mundanidad posible de Florentina. Únicamente, la amable posición al respecto del viejecito Carrillo, que llama a nuestro personaje para legarle, a él y al futuro Centro, toda su herencia libresca y material, compuesta de objetos de desván... destaca por su generosidad.
En tanto que el hilo argumental de la novela sigue adelante, Ballester nos va dejando ideas y sensaciones murcianas, como brochazos de ensayo, por aquí y por allá: son las campanas de la Catedral, el paisaje nocturno desde la cercana sierra de El Valle, la controversia sobre Salzillo, el urbanismo de Murcia... Entre el desarrollo de esta ideas, insistimos, el argumento discurre lento y desapasionado. El modelo es, evidentemente, "La Voluntad", de Azorín. José María adolece de voluntad. Se halla enfermo de Cansera, como buen murciano. Luis, por una parte, madrileño ya de adopción, y la misma Florentina, son murcianos descastados. Representan dos tipos de universalización, y estimamos que ambos son rechazados por Ballester. De una parte, la universalización vergonzante del locus de procendencia. Hablamos de la petulancia de Luis y de la crueldad al juzgar el murcianismo de José María. De otras parte, la universalización complementaria de Florentina, gustosa de lo murciano... pero únicamente durante el tiempo vacacional. José María, y acaso el novelista, quisieran una Florentina de menos miras universales. La estatua de Santa Florentina, en una de las cuatro esquinas de la Torre de la Catedral, mira bien lejos desde su atalaya, junto a sus tres hermanos santos. Lo mismo le sucede a la chica en la novela. Su conocimiento del mundo, confundido con casquivana coquetería, autopermisividad -incomprensible para el pacato provincianismo del momento- por el denigrado Luciano , desorienta a José María, que nunca llegará a atreverse a declararle su amor a la chica. La última carta, antes de morir, de Florentina, es un análisis de la imposibilidad de ese amor entre lo local y lo universal.
En este sentido, queda un regusto de epílogo en la novela; al igual que sucede luego de la lectura de "El Ciudadano Fortún". Existe un paralelismo entre los desamores del joven Montoya ante la huida de la Marquesita Celi y el desconsuelo de José María ante el óbito de Florentina. Y es que, en cierto modo, Celi y Florentina suponen en gran medida una mismo símbolo: el vuelo universal de lo murciano. En cierto modo, los dos novelistas están denunciando el poco hálito de cosmopolitismo de lo provinciano en esta tierra, en aquel tiempo; aunque Frutos Baeza aplauda, sin saberlo, tal evento, y Ballester lo lamente. Hay que concluir que, en esta primera etapa del siglo, así era, en efecto. Hasta más allá de la postguerra, Murcia es esa ciudad levítica y soñolienta, anclada en el presente de un pasado lejano. Es únicamente desde el desarrollismo de los sesenta, cuando Murcia comienza a tener aspecto, interno y externo, de ciudad de nivel medio europeo. Loor a los novelistas que captan -aunque ellos no lo sepan- los problemas esenciales de lo que sucede en su tiempo, y lo plasman en sus narraciones. Frutos y Ballester nos muestran la impotencia de Murcia para subir al tren del progreso; pero no del progreso material, sino del progreso mental, condición y circunstancia principal para que todo crezca. Celi y Florentina son el progreso y la universalización, sucesos de los que el murciano-tipo descree; y ello aunque los murcianos bien-pensantes, como Montoya y José María, no lo aprecien, e incluso desconfíen.
En este aspecto, la citada última frase de Colasín, acerca de la esperanza, es absolutamente coherente con el planteamiento reseñado. Como ingrediente básico de esa "costra" que no nos deja sacar sino una junza de nuestra fuerza, figura la desconfianza en un futuro universal para lo murciano. Esa costra oprime con violencia estructural y económica al padre de Colasín, pero también reprime el ansia de libertad política de Montoya y de Fortún. La costra entonces se llama Fernando VII; se llama mindangos en la Murcia retratada por Ballester y se llama incultura brutal en "Colasín". De esta manera, las tres novelas vienen a ser perspectivas narrativas que explayan una misma carencia: la falta de alas, de atrevimiento para rasgar el velo y acceder a la cultura libre y fértil.
Y, para terminar, aludamos al resto de nuestros novelistas primiseculares. Citemos en primer lugar al malogrado Andrés Cegarra Salcedo, muerto demasiado prematuramente, pero autor de unas prosas mironianas y azorinescas, como Ballester, que oscilan entre la estampa y el cuento. Su narración "Gaviota" es digna de cualquier antología del género en la Región. Desconocemos cuál hubiese sido su evolución de haber tenido una vida más larga.
Los hermanos Arderíus, lorquinos, han recibido un trato de la crítica contemporánea de nuestros días, tan duro como merecido. Intentaron hinchar la narración con la exasperación propia de la lucha de clases, y sólo lograron algo entre el panfleto y el dramón social. Los Juan Pujol y Joaquín Belda, unionense y cartagenero respectivamente, cultivaron la subliteratura de carácter erótico, y obtuvieron en Madrid algún predicamento efímero.
A su lado, creemos, las tres novelas comentadas lo son todo en el ámbito cronológico establecido.

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